martes, 17 de julio de 2012


Docilidad con obediencia (o cuando las cosas no son como quisiéramos...)




La Curación de Naamán (2 Reyes 5, 1-19)



V.1: “Naamán, general del ejército del rey de Siria, era un hombre muy apreciado por su señor, porque el Señor le había dado la victoria a Siria por medio de él. Este hombre, que era poderoso, tenía lepra.”

¡Cuántos poderosos tienen “lepra”!: lo tienen todo (poder económico, dinero, poder político, poder militar, fama, prestigio…) pero muchas veces por eso viven en la decadencia, andan metidos en una vida de pecado, pierden la salud, que espiritualmente se convierte en “lepra”. Nosotros podemos también estar sometidos a diferentes formas de opresión y tentación que, de no ser combatidas con la oración, la práctica sacramental y la penitencia pueden hacernos muchos daño aunque no seamos tan poderosos como el general del ejército del rey de Siria, Naamán.
Recordemos siempre que cualquier éxito que hayamos tenido en la vida se lo debemos al Señor quien nos ha creado por amor. ¿Qué cosa podemos hacer que Dios no la pueda superar o, más bien, que no la haya superado ya?



V. 2: “En una de sus incursiones guerreras los sirios se llevaron de Israel a una jovencita, que fue destinada al servicio de la mujer de Naamán. Ella dijo a su señora:
- ¡Ojalá mi señor fuera donde el profeta que hay en Samaría! El lo curaría de la lepra!”

Imaginémonos, la Palabra nos dice que fue una jovencita, probablemente un adolescente, quien lleva la esperanza a esta casa. Esta chica, con toda justicia podría haberse quedado con la boca callada, resentida por haber sido forzada a dejar su tierra para ir de sirvienta a una casa de ricos… o quizás simplemente podía haberse mimetizado con el ambiente olvidando su fe y sus tradiciones religiosas. Pensemos que de haber sido ese el caso, Naamán nunca habría sido curado y jamás se hubiera convertido al Dios de Israel, el veradero. Nunca te calles tu fe porque otros necesitan saber que pueden ser sanados por el amor de Dios.
Hoy en día, existen muchas personas de nuestro país que han salido de su tierra, y cabría preguntarnos: ¿Será que muchas de ellas darán testimonio de Cristo, cuando vayan a sitios descristianizados como Europa o los Estados Unidos? o también ¿yo mismo, en esas circunstancias, daría testimonio de mi fe?






V.4-8 “Naamán se lo fue a decir al rey:
- Estoy y esto me ha dicho la muchacha de Israel.
El rey de Siria le respondió:
-¡Bien! Ponte en camino, yo te daré una carta para el rey de Israel.
Naamán partió llevando consigo trescientos cincuenta kilos de plata, seis mil monedas de oro y diez vestidos, y entregó al rey de Israel la carta que decía: >.
Cuando leyó la carta, el rey de Israel rasgó sus vestiduras y exclamó:
- ¿Acaso soy yo Dios, capaz de dar la muerte o la vida, que este me manda un hombre leproso para que lo sane? Fíjense y verán que busca un pretexto para atacarme.
Cuando Eliseo, el hombre de Dios, supo que el rey se había rasgado las vestiduras, envió a decirle:
-¿Porqué has hecho eso? Que venga a mí, y sabrá que hay un profeta en Israel”.

¡Cuánta gente se aleja de Dios por nuestra manera de recibirlos cuando llegan pidiendo ayuda a nuestras comunidades o parroquias! Como aquel cura o laico que le preocupa que se trabaje con los jóvenes por que “son demasiado bulliciosos” o que critica como se visten o nunca les dan ni voz ni voto porque son “ignorantes”… para gusto de algunos. O cuando se acercan madres solteras a nuestros grupos o jóvenes de diferente condición social ¿Cómo los recibimos? Con amor o con la desconfianza del rey de Israel que en vez de averiguar y preguntar bien las cosas se indigna exageradamente (se rasga las vestiduras) por lo que se imagina en su paranoia. Me imagino que en su corte hubo alguien que entendió lo que pasaba y fueron a buscar a Eliseo… ojalá siempre haya alguno en nuestras comunidades.
Eliseo manda a llamar al extranjero pues sabe que por él, el Señor hará un prodigio, “sabrá que hay un profeta en Israel”, es decir uno por quien Dios habla y obra. ¿Podrían otros saber que “hay un profeta en Israel” o en la Iglesia cuando se acercan a nosotros?



V. 9-12 “Llegó Naamàn con sus caballos y su carro de guerra, y se detuvo ante la puerta de la casa de Eliseo. Eliseo le mandó a decir por medio de un mensajero:
- Anda, báñate siete veces en el Jordán, y tu carne quedará limpia.
Naamán, indignado, se retiró murmurando:
-Pensaba que saldría a recibirme que invocaría el nombre del Señor, su Dios, me tocaría y así curaría mi lepra. ¿Acaso los ríos de Damasco, el Abana y el Farfar, no son mucho mejores que todas las aguas de Israel? No podría yo bañarme en ellos y quedar limpio?
Y se fue indignado.”

¡Cuántas cosas no se dan por nuestra falta de humildad! Jesús nos dice “Sus caminos no son los míos” y tiene toda la razón. Recordemos que él es Dios, no nosotros. Nuestra voluntad muchas veces es como veleta al viento de nuestra gana, de nuestras pobres y tristes carencias. Al decir que se haga Su Voluntad, estamos diciéndole que Él es Aquel que sabrá siempre dirigir nuestras vidas a puerto seguro. Un ejemplo de la gran falta de humildad que llevamos muchas veces podemos verla cuando nos toca acercarnos a la confesión, y si analizamos bien la actitud y las palabras de Naamán, nosotros terminamos diciendo exactamente lo mismo que él: que las cosas tienen que ser en nuestro términos (‘yo me confieso solito con Dios’, ‘¡pero cómo me voy a confesar con uno más pecador que yo!’, ‘Dios esta en todos lados, para que voy a misa, para que comulgar, para que ir al grupo’...), o que las cosas tienen que ser en nuestro tiempo, tratando de emplazar a Dios con lo que nosotros con nuestra muy limitada visión (nuestros “ríos de Siria”) queremos. Pero Dios, como Padre Amoroso no nos va a dar algo con lo que nos hagamos daño y sabe respetar nuestros procesos más aún de lo que nosotros mismo los hacemos. Y muchas veces el silencio que viene de Él es para que comprendamos que las cosas son muy diferentes a como las pensamos, imaginamos o deseamos fruto de nuestra sordera espiritual en muchos casos.




v. 13 “Pero sus siervos le dijeron.
- Padre, si el profeta te hubiera mandado una cosa extraordinaria ¿no lo habrías hecho? Pues, ¡cuánto más habiéndote dicho: >!”

Agradezcamos a todas esas personas que nos han ido corrigiendo en nuestro camino de acercamiento a Dios, aunque en nuestro “emperramiento” no las hayamos querido escuchar. Esos son verdaderos amigos. Alejémonos de la gente que se la pasa solo alabándonos, son pésimos para el alma.




v. 14- 17 “Entonces Naamán bajó al Jordán, se bañó siete veces como había dicho el hombre de Dios, y su carne quedó limpia como la de un niño. Inmediatamente regresó, con toda su comitiva a donde estaba el hombre de Dios, y, de pie ante él. dijo:
-Reconozco que no hay otro Dios en toda la tierra, fuera del Dios de Israel. Dígnate en aceptar un regalo de tu siervo”.
Eliseo le dijo:
-¡Vive el Señor a quien sirvo que no tomaré nada!
Y por más que insistió en que aceptara algo, lo rehusó. Naamán le dijo:
- De acuerdo, pero permite que me den la tierra que puedan cargar un par de mulas. Porque tu siervo no ofrecerá ya holocaustos y sacrificios a otros dioses fuera del Señor. Sólo así me perdonará el Señor lo que me veo obligado a hacer en el templo de Rimón. Porque, debido a mi cargo, tengo que acompañar al rey, mi señor, cuando va al templo, y tengo que postrarme cuando él se postra. Que el Señor me lo perdone.
Eliseo le respondió:
-Vete en paz”

Dios nos cura gratis, no pide nada a cambio, en realidad, lo único que nos pide es que nos dejémos amar. La tierra que hace referencia y que se lleva cargado es el reconocer a Yahvéh como único Dios verdadero.

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